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12 Mar 2026

«Nosotros freímos el pollo»: Estetización de la sobrevivencia, vaciamiento político/cultural y distinción de clase en el arte relacional limeño.

Pertenezco a una institución cultural que baila todos los años a la virgen. No como metáfora: en procesión, con el cuerpo, con los pies en el suelo. Y entre los que bailamos, circulan, con cierta regularidad, invitaciones a polladas. Casi siempre por salud. Siempre urgente. Somos de los primeros en llegar.

Una pollada es eso. No una tradición gastronómica, no una práctica cultural que requiere ser visibilizada, no una infraestructura social capaz de producir comunidad —aunque todo eso sea cierto también. Antes que cualquier definición, una pollada es la respuesta a una pregunta que nadie debería tener que hacerse: ¿cómo pago esto? Una pollada convertida en diálisis, en operación, en útiles escolares, en techo. Una red que se activa cuando el Estado no llegó, cuando el sueldo no alcanzó, cuando no queda otra. La pollada no celebra la precariedad. La enfrenta.

Por eso, cuando vi el flyer —tipografía caligráfica, fondo crema, diseño impecable— y luego las fotos en una revista de sociales, supe que estaba ante algo más que un malentendido. Estaba ante una operación.

El evento se presentó como parte de un proyecto de investigación sobre cocina popular, economías del Sur Global, cadenas productivas que sostienen a los de abajo. El vocabulario era impecable. La intención, declarada con generosidad hacia sí mismos, era visibilizar, reconocer, producir comunidad en torno al acto de compartir la mesa. Los aliados, estudios de diseño y marcas creativas. La entrada costaba treinta y cinco soles. Había sidra artesanal y vinilo. Las fotos salieron en Cosas. El pollo estaba rico, dicen.

Esto importa porque el problema no es el pollo. El problema no es tampoco que gente de clase alta se reúna, baile y coma —eso ocurre todos los fines de semana en esta ciudad sin que nadie lo llame intervención artística. El problema es la operación de nombrar. Llamar pollada a eso. Usar el nombre, la forma, el mantel de flores, el ticket numerado, la estética reconocible de una práctica de sobrevivencia, y luego llenarla de otro contenido, para otra gente, con otro propósito. Recaudar fondos, sí —pero para financiar, según sus propias palabras, la posibilidad de imaginar otras formas de organización cultural. No una operación. No un techo. La posibilidad de imaginar. La pollada como objeto de diseño. La precariedad como atmósfera.

Lo más sofisticado de esta operación no es el flyer ni la sidra ni la revista. Es el lenguaje. El proyecto llega armado con un vocabulario que desarma la crítica antes de que llegue: investigación situada, dispositivo artístico y comunitario, economía afectiva y colectiva, infraestructura social capaz de producir comunidad, cocina del Sur Global como lugar de encuentro para el arte relacional. Hay un mapa conceptual. Hay referencias. Hay una teoría del cambio implícita en cada post. Quien objete sin ese mismo arsenal corre el riesgo de parecer que no entendió, que reacciona desde la emoción, que le falta perspectiva. Es un escudo muy conveniente.

Porque ese lenguaje hace algo muy preciso: convierte una práctica política en objeto de estudio, y luego convierte ese objeto de estudio en producto cultural. Alguien en los comentarios de la publicación del evento en Instagram lo dijo fuerte y claro: vaciar de contenido una práctica social, romantizar la precariedad, neutralizar su política. No hace falta más. El sufrimiento ajeno como contexto. La precariedad como atmósfera.

Y cuando la indignación llegó —rápida, precisa, masiva— la respuesta del proyecto fue la más elocuente posible. No hubo reconocimiento, no hubo pregunta genuina. Hubo esto: es muy fácil hablar desde la comodidad y la seguridad que genera la ignorancia. Nosotros hemos frito el pollo.

Freír el pollo. Ese es el argumento. Ese es el límite de la reflexividad disponible.

No importa para quién. No importa a qué precio. No importa en qué distrito, con qué público, con qué aliados, con qué cobertura mediática. Importa el gesto. Importa haberlo hecho. Como si la distancia entre una pollada en Miraflores a treinta y cinco soles con sidra artesanal y una pollada a puertas cerradas en cualquier zona donde los extorsionadores cobran cupo se midiera en la disposición personal a pararse frente a una cocina.

Mientras los comentarios estaban abiertos, algo ocurrió que merece atención: la gente lo nombró de inmediato, con una precisión que ningún comunicado de prensa podría desmentir.

No fueron académicos. No fueron críticos culturales con columna propia. Fueron personas que reconocieron el mecanismo porque lo conocen desde adentro, porque viven en el lado de la realidad que el proyecto dice investigar. Y lo desmontaron en el tiempo que tarda en cargarse una historia de Instagram.

Uno escribió: su tío hizo una pollada para una operación. Su prima, para comprarse un celular después de que la asaltaron llegando a Lima. Las hicieron a puertas cerradas porque los extorsionadores vendrían a cobrar cupo. Ustedes, escribió, tienen un diseñador, pagan pauta, y su pollada cuesta treinta y cinco soles. Setenta y ocho personas le dieron like. No porque fuera ingenioso. Porque era verdad.

Otra persona escribió que una pollada no es una experiencia: es una forma de solidaridad frente a necesidades urgentes, y convertirla en ambientación estética la despoja de su contexto real. Que no incomoda el pollo ni la música, sino la desconexión con lo que representa. Ochocientas cuarenta y ocho personas estuvieron de acuerdo.

Una voz fue más lejos y nombró la estructura completa: la hegemonía vistiéndose de pobreza, romantizándola, usando la estética de la resistencia despojada de su ética política. Y luego esto, que no tiene respuesta posible: el privilegio comete el acto final de desposesión —después de quedarse con los recursos, pretende quedarse también con la narrativa. Convierte el grito de una clase en el accesorio de otra.

Otro lo redujo a su geometría más simple, con la brevedad que solo permite la rabia muy bien administrada: lo curioso es que cuando un grupo de personas blancas lo hace, es portada de Cosas. Ciento veintisiete personas estuvieron de acuerdo.

La pollada va a seguir existiendo. Eso es lo primero que hay que decir, y lo último, porque es lo más importante. No necesita ser visibilizada, no necesita ser activada, no necesita que nadie con mapa conceptual y aliados con logo le devuelva su dignidad. La pollada tiene su propia dignidad, construida precisamente en la ausencia de todo eso. Se sostiene sola porque tiene que sostenerse sola. Porque esa es la condición que la produce.

En este momento, en algún lugar de esta ciudad, alguien está repartiendo tickets numerados. Alguien está pidiendo prestada una olla grande. Alguien está haciendo el cálculo de cuántos pollos necesita vender para llegar al monto de la operación, del alquiler, de la deuda que no espera. Nadie va a fotografiarlo para una revista. Nadie va a escribir un abstract sobre la economía afectiva que se activa alrededor de esa mesa. No va a haber vinilo ni sidra artesanal ni DJs. Va a haber pollo, papa Yungay, y gente que llegó porque le importa la persona que convocó.

Eso no nos da autoridad moral sobre nadie. Pero nos da algo más útil para este momento: nos da la capacidad de reconocer la diferencia entre acompañar una práctica y apropiársela. Entre investigar desde la solidaridad y estetizar desde la distancia. Entre freír el pollo para alguien que lo necesita y freír el pollo para poder decir que lo freíste.

El proyecto dice que financia la posibilidad de imaginar otras formas de organización cultural. Es una frase hermosa. Pero hay personas en esta ciudad que no tienen el lujo de imaginar otras formas de organización cultural porque están demasiado ocupadas organizándose, ahora, con lo que hay, para resolver lo que el Estado no resuelve y el mercado no cubre y ningún proyecto de investigación va a solucionar. Ellas no necesitan que las imaginen. Necesitan que las dejen en paz, o que alguien llegue con la plata del ticket y se siente a comer sin sacar el teléfono.

La pollada no es una metáfora. Nunca lo fue. La distancia que hace falta para verla como una es, en sí misma, el diagnóstico completo: quien puede permitirse convertir una práctica de sobrevivencia en dispositivo cultural nunca ha estado del lado donde esa práctica es la única respuesta disponible. Que lo hagan en nombre de visibilizarla no reduce la distancia. La confirma.

 

*Disclaimer: Las citas de comentarios y publicaciones en redes sociales incluidas en este texto son transcripciones literales de intervenciones públicas. Se omiten los nombres de usuario para proteger la identidad de quienes las escribieron, con excepción de aquellas emitidas en calidad institucional o en representación explícita de un proyecto.

12 Mar 2026

Antropóloga
mmoscoso@iep.org.pe
Licenciada en Antropología por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Con experiencia en investigación y trabajo de campo en temas relacionados a antropología de la educación, prácticas de enseñanza-aprendizaje en la escuela pública e implementación y evaluación de programas educativos. Participación en diversos eventos académicos nacionales e internacionales. Coordinadora pedagógica del programa Leer es estar Adelante de [...]