image_pdfimage_print
30 Jan 2026

¿Por qué no ardió América Latina con la caída de Maduro?

Ya sea vista como detención o secuestro, la caída de Maduro el pasado 3 de enero tenía todos los ingredientes para convertirse en un episodio capaz de sacudir a América Latina durante meses. En otro momento, un acontecimiento así —la captura de un presidente latinoamericano por tropas norteamericanas en un raid de madrugada— habría provocado una ola de indignación, discursos encendidos, marchas y un resurgimiento del tradicional antiamericanismo regional. Sin embargo, esta vez el impacto ha sido extremadamente limitado y breve: tras un par de semanas de protestas prácticamente rituales, el tema perdió centralidad y la política de cada país siguió su curso.

Esta tibieza es sorprendente si consideramos que la izquierda, que siempre tuvo el antimperialismo como una de sus principales banderas, gobierna en buena parte de la región, incluyendo los tres países más poblados: Brasil, México y Colombia. ¿Por qué no se produjo entonces esta reacción? ¿Por qué, más allá del ámbito académico, el mundo de los expertos y de los medios de comunicación, la captura de Maduro por tropas norteamericanas pasó casi desapercibida en las calles?

Una parte de la explicación quizá se encuentra en el contexto complicado que atraviesa el universo progresista en todo el mundo. Pese al poder institucional que aún conserva, la izquierda latinoamericana no es una excepción a esta tendencia. Como ocurre en otras partes del mundo, su capacidad de movilización es limitada e incluso allí donde manda su margen de acción es reducido, ya que se encuentra socialmente cuestionada y a la defensiva. Varios de sus presidentes más emblemáticos están al final de sus mandatos y nada asegura que vayan a ser sustituidos por otros de la misma corriente.

Para gran parte de esta izquierda, además, Venezuela se había transformado en una carga política cada vez más pesada. Incluso es posible que muchos de los principales lideres progresistas del continente se hayan sentido secretamente aliviados con la caída relativamente incruenta de Maduro. El colapso económico, la represión y la crisis humanitaria habían convertido al socialismo del siglo XXI en un elemento radioactivo, que contaminaba y amenazaba con diluir las posibilidades electorales de quienes se le acercaban demasiado. A diferencia de años atrás, cuando fluían los petrodólares, casi nadie en la región quería ser asociado con Maduro. De ahí que en el plano oficial la reacción se limitara a declaraciones rituales y a un par de presidentes tratando de llamar la atención en las redes sociales: nada con lo que Trump no pudiera lidiar.

A este ejercicio de pragmatismo se suma también el mensaje que dejó la propia operación militar. El chavismo contaba con un importante aparato defensivo, sistemas de radares modernos, decenas de miles de milicianos armados y el respaldo de potencias como Rusia y China. Durante años, estos apoyos se presentaron como una garantía frente a cualquier intervención externa. Sin embargo, cuando Estados Unidos decidió actuar, todo ese entramado cayó estrepitosamente. Los radares chinos se demostraron inútiles, los guardaespaldas cubanos fueron fulminados y ni Rusia ni China pudieron o quisieron hacer nada por evitar la caída de Maduro.

Más allá de la retórica sobre los BRICS, el auge de China y el mundo multipolar, los helicópteros sobre Caracas nos recordaron que la capacidad de Washington para imponer su poder en la región sigue siendo absoluta. Es difícil pensar que quienes están en el poder no tomaron nota del mensaje: se puede desafiar a Estados Unidos hasta cierto punto, pero no más allá, si no se quiere correr el riesgo de que una noche te saquen de la cama y te suban a un helicóptero enmarrocado.

Ni siquiera Cuba, el régimen que más pierde con la caída de Maduro, hizo demasiado ruido. Sin embargo, el pragmatismo y el instinto de autopreservación no bastan para explicarlo todo. El punto clave es la actitud de la propia ciudadanía. Y es que casi nadie salió a las calles a protestar. Los intentos de organizar demostraciones antimperialistas se apagaron por si solos. Incluso, varias encuestas publicadas en las últimas semanas muestran que la mayor parte de los latinoamericanos apoya la intervención. Como no podía ser de otra manera, los países donde este apoyo es mayor son los más cercanos física o emocionalmente a Venezuela: Colombia, Perú y Chile. La única excepción parece ser México, donde por el contrario el rechazo supera por poco al apoyo.

En el caso peruano, la encuesta del Instituto de Estudios Peruanos muestra que el 73 por ciento de los encuestados está algo o muy de acuerdo con la captura de Maduro, frente al 19 por ciento que está poco o nada de acuerdo. De manera más precisa, el 64 por ciento está muy o algo de acuerdo con la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, y el 30 por ciento está poco o nada de acuerdo. Como muestran los cuadros 1 y 2, el apoyo a la captura es transversal a todos los grupos sociales y mayoritario en todas las regiones. Es ligeramente superior en las mujeres que en los hombres: 78 por ciento muy o algo de acuerdo con la captura, frente al 67 por ciento.

Cuadro 1. Apoyo a la captura de Maduro según ámbito geográfico | Fuente: Área de Estudios de Opinión del IEP – Encuesta de enero de 2026 | Elaboración propia.

 

Cuadro 2. Apoyo a la captura de Maduro según NSE | Fuente: Área de Estudios de Opinión del IEP – Encuesta de enero de 2026 | Elaboración propia.

Aunque no contamos con el dato para el Perú, allí donde se pregunta estas encuestas muestran también otro punto importante: que esta satisfacción no es el resultado de un repentino ataque de ingenuidad colectiva. Más allá de la retórica incendiada de nuestras elites culturales, no se trata de que la población haya sido engañada por los medios de comunicación “vendidos al imperio” o de que ignore las “verdaderas razones” de la intervención estadounidense. Cuando se les pregunta, la mayoría de los entrevistados se muestran plenamente conscientes de que Trump no actuó por altruismo, sino movido por sus propios intereses. Y, sin embargo, aun con esa cruda certeza -producto de la experiencia histórica- la mayoría considera que el derrocamiento de Maduro era preferible a su permanencia en el poder.

Esta reacción rompe el esquema maniqueo que sigue dominando el pensamiento de buena parte de la izquierda regional. No se trata de estar a todo o nada con Estados Unidos, de ser madurista o trumpista, antimperialista o lacayo. La realidad es más compleja. La gente puede desconfiar de Washington y, al mismo tiempo, celebrar la salida de un gobernante al que se percibe como responsable de una catástrofe de alcance regional. Puede incluso considerar -como parece que es caso mayoritario- que Maduro era un dictador tan perverso que merecía la pena pagar el precio de una pérdida de soberanía para poner fin a su reinado.

Las sociedades latinoamericanas no piensan en términos de buenos y malos absolutos: piensan en términos de costos. Y en ese cálculo, Maduro representa hoy un mal mayor que Trump. La crudeza de este cálculo seguramente se debe a que la crisis venezolana hace mucho ha desbordado sus fronteras para afectar a toda la región. Millones de venezolanos se han dispersado por América Latina huyendo de la represión y la miseria, y su presencia ha tenido un impacto profundo en sociedades poco acostumbradas a olas de refugiados de esta magnitud.  Esta sensación de crisis compartida explica por qué la reacción predominante a la caída de Maduro ha sido más de alivio y alegría que de indignación: no porque se creyera en la pureza de las intenciones estadounidenses, sino porque la continuidad del régimen venezolano era vista como una tragedia sin salida, cuyo impacto nos afectaba a todos.

Buena parte de la izquierda, atrapada en una lógica binaria, parece incapaz de entender que la ciudadanía es capaz de sostener pensamientos complejos y matizados. Puede desconfiar de Estados Unidos y al mismo tiempo rechazar profundamente a Maduro. Puede desconfiar de una intervención extranjera y aun así considerar que el resultado de esta es mejor que la situación previa. Puede ser antiimperialista de corazón y celebrar la caída de un dictador. Puede considerar a Trump un fantoche y a Maduro un tirano aún peor.

El apoyo que muestran las encuestas a la caída de Maduro no nace de la fe en la bondad de sus captores, sino del hartazgo y la necesidad de poner fin a una situación que hacía mucho tiempo había llegado al límite. Si el futuro será mejor o peor, no lo sabemos: lo que sí sabemos es que el presente era terrible y justificaba que se le pusiera fin. Después de todo, fueron los tanques de Stalin los que acabaron con Hitler y aún hoy lo celebramos.

30 Jan 2026

Historiador
rasensio@iep.org.pe
Es historiador e investigador principal del Instituto de Estudios Peruanos, donde también ejerce como editor del fondo editorial. Cuenta con amplia experiencia en la dirección de proyectos de investigación y evaluación de políticas públicas, de ámbito nacional e internacional, incluyendo temas como desarrollo rural, puesta en valor de activos culturales, [...]