
Los tres “grandes” y la sorprendente estabilidad de la política peruana
Nos hemos pasado cinco años hablando de la inestabilidad del sistema político peruano y, paradójicamente, el primer mensaje que dejan los resultados electorales es de estabilidad. Las tres fuerzas políticas más votadas han sido las mismas que en 2021: el fujimorismo, el castillismo y la extrema derecha que representa López Aliaga.
Han cambiado los porcentajes, el orden y el número de votos obtenidos. El fujimorismo ha subido, la extrema derecha también, aunque de manera más moderada, y el castillismo ha perdido un cuarto de sus votos respecto a la primera vuelta de hace cinco años. Pero siguen siendo las tres mismas fuerzas políticas las que lideran las preferencias de los peruanos, a pesar de las convulsiones de estos años.
Esta continuidad es interesante en sí misma y nos puede dar algunas pistas sobre cuál es el tipo de formación política exitoso después de una década de crisis política. Las tres comparten componentes importantes que ayudan a explicar su fortaleza relativa y su permanencia en el tiempo. En primer lugar, las tres tienen fuertes liderazgos personalistas. Se identifican claramente con un líder-caudillo reconocido por el público y que es (para muchos de quienes no lo votamos, de forma difícil de explicar) reivindicado por sus seguidores, al tiempo que le perdona todo tipo de inconductas o se pasan por agua tibia.
Los líderes de las dos fuerzas de derecha han sido los mismos que hace cinco años. En el caso del castillismo, esto no ha sido posible, ya que, como se sabe, el expresidente se encuentra en prisión en espera de sentencia por su frustrado intento de golpe de Estado. Pero hay pocas dudas de que se trata de la misma fuerza política. El mensaje principal de Juntos por el Perú ha sido la defensa de Castillo. Sánchez y sus seguidores se han disfrazado (literalmente) de Pedro Castillo y los dos candidatos más votados para el Senado y el Congreso han sido el hermano y la cuñada del expresidente. Difícil encontrar un ejemplo mayor de fusión entre un movimiento y su líder. El único referente sería el fujimorismo histórico, con quien el castillismo parece compartir también la querencia por cambiar de siglas en cada elección
Castillo ha logrado, además, algo inédito en la política peruana de los últimos años: transferir un porcentaje muy importante de sus votos. Para entender la magnitud de este logro y el grado de fidelidad personal que el expresidente despierta en sus seguidores, basta pensar que ni siquiera Martín Vizcarra, probablemente el político más popular de los últimos años, ha logrado realizar esta transferencia con éxito. Sánchez consiguió retener el 75 por ciento de los votantes que Castillo tuvo hace cinco años, mientras que Mario Vizcarra ni siquiera ha pasado del 1 por ciento de los votos válidos.
El segundo elemento común es que las tres fuerzas que más votos obtuvieron en abril encuentran la parte principal de su electorado en grupos sociales bien caracterizados. No son partidos atrápalo-todo, sino fuerzas con perfiles sociales definidos. El castillismo, representa sobre todo a quienes viven en las zonas rurales de la sierra y la selva, así como en las ciudades de estas regiones, que se sienten injustamente postergados y despreciados por la capital. Consideran que el expresidente fue injustamente depuesto de su mandato y atribuyen a la élite limeña la indiferencia mostrada ante las masacres de 2022 y 2023. Todas estas son demandas que van más allá de Castillo, pero que el expresidente encapsula y representa.
El nicho emblemático de fujimorismo son los sectores populares y medios emergentes de las grandes ciudades y, en especial, de la costa. Son sectores que vieron su economía mejorar significativamente durante los quince primeros años de este siglo, pero que ahora se sienten amenazados por la crisis económica, el aumento de la pobreza urbana tras la pandemia y la crisis de inseguridad que en azota a las grandes ciudades de la costa.
Es muy significativo que el fujimorismo haya ganado en casi todos los distritos populares de Lima y en muchas ciudades del norte del país. Este es un sector con el que el fujimorismo ya tuvo una fuerte alianza en la década de 1990 y que ahora perece haber recuperado. Son, por decirlo de alguna manera, los hijos y nietos de los “nuevos limeños” que llegaron a la capital a mediados del siglo pasado y que, pese a su ascenso económico, aún no están completamente integrados. En su voto hay una combinación de búsqueda de reconocimiento y de defensa de un statu quo que, en última instancia, no les ha sido tan desfavorable. Con el esfuerzo propio y el de sus padres, muchos han logrado hacerse un espacio en las ciudades y han ascendido a la clase (precaria pero real) media urbana.
En el caso de Renovación Popular, su principal bastión son las clases altas y medias tradicionales de Lima. Mientras que los otros dos candidatos tienen su voto relativamente distribuido en todo el país, López Aliaga lo tiene muy concentrado. Incluso en otras ciudades importantes, su votación es ínfima para un candidato que pretende ser presidente. E, incluso en la capital, solo ha ganado en los distritos tradicionales. Se trata de un voto que refleja las ansiedades de un sector que se siente amenazado por las transformaciones ocurridas en el Perú en las últimas décadas en los planos económico, social y cultural. No solo han empeorado sus estándares de vida en términos relativos, debido al ascenso de otros sectores, sino que ha visto disminuir su capacidad para mandar en el país y organizarlo según sus criterios. Es un voto que también se ha ideologizado mucho en los últimos años, desplazándose desde posiciones conservadoras tradicionales hacia la extrema derecha.
Finalmente, el tercer factor que unifica a las tres fuerzas que han quedado en los primeros lugares, es que tienden a presentar sus discursos en términos morales más que políticos, y a expresar sus demandas en clave de justicia moral. Ninguna de las tres entra en matices ni muestra interés en discutir políticas públicas o alternativas concretas. Las tres se caracterizan por mensajes claramente definidos y por una retórica marcadamente antagonista, que enfatiza más en el enemigo que en sus propias demandas.
La suma de estos elementos es lo que da a las formaciones punteras su relativa solidez. Casos como los de Belmont o Álvarez muestran que cuando no se logra identificar claramente a un grupo de referencia social, el caudillo no basta. La popularidad de los candidatos es efímera y se esfuma en poco tiempo. Pero identificar ese nicho tampoco sirve sin un caudillo que articule y encarne los supuestos valores que cada agrupación quiere representar, que sepa revestirlos del adecuado lenguaje moral y convertirlos en una gramática movilizadora.
También en este caso el ejemplo del castillismo es especialmente interesante. Se trata, en gran medida, de un caudillismo construido en el camino, pero que en la actualidad está muy consolidado. En esta misma elección hemos visto varios “casos de control” que nos permiten apreciar su importancia frente a otros factores que podrían influir en los buenos resultados electorales de Sánchez.
Por un lado, un cierto número de análisis han señalado que lo decisivo en la votación de Sánchez no es la presencia de Castillo, sino su mensaje y el tipo de demandas que encapsula. Sin embargo, contamos con el contraejemplo de Atencio, quien, con el mismo discurso y propuestas similares, ha obtenido veinte veces menos votos que Sánchez. ¿La diferencia? Que Atencio hizo campaña con poncho y no con sombrero. En el resto, eran candidatos prácticamente indistinguibles.
Otros análisis han enfatizado la capacidad política de Sánchez para articular alianzas y moverse en el embarrado territorio de la política realmente existente. Un muy interesante artículo de Carlos Meléndez apunta en esta dirección, al señalar que el nuevo castillismo es muy diferente del viejo. Este argumento –no necesariamente el artículo de Meléndez– hace recaer parte de la responsabilidad del voto a Sánchez en su capacidad de organización política y es similar a lo que se señaló hace cinco años en el caso de Vladimir Cerrón. También se asemeja a lo que se señaló sobre la capacidad de autoconvocatoria de las comunidades del sur andino durante los estallidos que siguieron a la toma del poder por parte de Dina Boluarte. En ambos casos se argumentaba que lo importante era la capacidad de movilización política detrás de esos procesos y no el caudillaje de Castillo.
Pero también en esta elección hemos tenido el contraejemplo: Perú Libre ha obtenido incluso menos votación que Atencio y, como tantos otros partidos antes, ha demostrado ser incapaz de sobrevivir sin el caudillo que lo llevó al poder. Sin Castillo, de nada han servido ni el trabajo político de Cerrón ni su consistencia ideológica. De la misma manera que, muy probablemente, sin su mimetización con Castillo tampoco habrían servido de nada ni el liderazgo ni la capacidad de organización política de Sánchez. Si queremos un indicio, lo tenemos a mano. En lo que probablemente sea un caso único en la historia, Sánchez disputará la segunda vuelta, pero no ha logrado ser elegido diputado por Lima, quedando incluso por detrás de varios compañeros de su misma lista.
Estas características (la importancia del “factor caudillo”, la focalización en determinados perfiles de votantes y en énfasis en el lenguaje moral) no son singulares del Perú. Buena parte de la política mundial va en esa dirección en los últimos años. De la política especializada sobre la que reflexionaba Sartori hemos pasado a una política emocional de redes sociales, en la que predominan los eslóganes y los mensajes breves. Esto ha favorecido a los políticos que mejor saben moverse en esos registros. Tampoco es original la configuración ideológica del espacio peruano. La división en tres —dos derechas, una más moderada y otra más extrema, y una izquierda— se ha repetido en otros países, tanto en América Latina como en Europa. Es el caso, por ejemplo, de lo ocurrido en las pasadas elecciones en Chile.
Lo singular de nuestra elección es que sumadas las tres formaciones punteras apenas reunieron una cuarta parte de los electores habilitados para votar. Fueron más quienes prefirieron a otros candidatos (36 por ciento) o quienes no se inclinaron por ninguno de los postulantes (38 por ciento sumando blancos, nulos y ausentes). Haríamos bien, por lo tanto, en ser prudentes en nuestros análisis y no generalizar demasiado. Si no pasa nada raro, Fujimori y Sánchez disputarán la segunda vuelta: tienen legitimidad para ello ya que han sido los más votados. Pero es muy posible que, casi desde el momento en que asuman, tengan un apoyo ciudadano limitado. Salvo sorpresa, volveremos a ver el ciclo ya conocido de presidentes cuya popularidad se derrumba en pocos meses, dando inicio al ciclo interminable de cambios de ministros, crisis política y desencanto.
Como los tres grandes del fútbol peruano, lo que las tres principales fuerzas políticas peruanas tienen les puede servir para el campeonato nacional (ganar las elecciones), pero seguramente no les dará para su propia Libertadores: gobernar un país agotado tras diez años de crisis continua y enrumbarlo por la senda de la prosperidad y la justicia social.






