El sur andino en la segunda vuelta de 2026: lo que enseña la historia electoral

La segunda vuelta presidencial del 7 de junio de 2026, que enfrentará a Keiko Fujimori (Fuerza Popular) con Roberto Sánchez (Juntos por el Perú), llega precedida de una primera vuelta cuyos resultados territoriales no sorprenden a quienes estudian el comportamiento electoral en el Perú desde una perspectiva subnacional. Con el 100% de actas contabilizadas, Fujimori obtuvo el 17,192% de los votos válidos a nivel nacional, mientras que Sánchez alcanzó el 12,039%[1]. Sin embargo, esos promedios nacionales ocultan una geografía electoral marcadamente diferenciada. La clave para entenderla no está solo en la coyuntura inmediata, sino en patrones que vienen consolidándose, elección tras elección, durante las últimas dos décadas.

Los datos de la primera vuelta son reveladores. Sánchez obtuvo sus resultados más contundentes en el sur andino y en zonas de la sierra norte: 41,062% en Apurímac, 41,724% en Cajamarca, 36,274% en Amazonas, 31,434% en Ayacucho, 24,978% en Puno el 22,849% en Cusco. En esas mismas regiones, Keiko Fujimori registró algunos de sus porcentajes más bajos a nivel nacional: 3,904% en Puno, 6,137% en Cusco, 6,896% en Apurímac y 8,115% en Ayacucho. La situación se invierte completamente en la costa norte y en la selva baja, donde Fujimori dominó con amplitud: 34,163% en Tumbes, 28,364% en Loreto, 28,003% en Piura y 26,410% en Lambayeque. El resultado configura así una polarización territorial que divide al país en dos grandes bloques, uno costero y otro andino-rural, con comportamientos electorales intensos y contrastantes.

Esta polarización no es nueva ni puede explicarse únicamente por la candidatura de Sánchez ni por la figura de Pedro Castillo, cuya promesa de indulto constituyó uno de los ejes del discurso de campaña. Un análisis sobre el comportamiento electoral en el sur andino peruano en el periodo 2001–2021 identificó un patrón persistente de voto hacia opciones fuera del establishment político nacional[2], con una continuidad que se sostiene a través de distintos candidatos, distintos ciclos de gobierno y distintos contextos de conflictividad social. Lo que el mapa de 2026 reproduce es el efecto de una expresión de estructuras políticas territoriales de larga duración.

Una de las preguntas que guía ese estudio es por qué dicho patrón se mantiene con tanta persistencia. La respuesta más extendida en el debate público —que el sur andino vota de esa manera porque es la región con mayor conflictividad social del país— resulta insuficiente a la luz del análisis empírico. La relación entre protesta social y voto antiestablishment no es lineal ni automática. Existen provincias donde altos niveles de movilización social y altos niveles de voto contestatario efectivamente se superponen, configurando lo que podría llamarse territorios de contestación estructural: espacios donde el conflicto crónico y la identidad antiestablishment forman parte de un mismo repertorio político acumulado durante décadas.

Pero junto a ellas conviven también provincias con bajo registro de conflicto local que mantienen, elección tras elección, niveles igualmente altos de voto antiestablishment. En esos territorios, el rechazo al orden político dominante se canaliza casi exclusivamente a través del sufragio, sin apoyarse en una tradición sostenida de movilización colectiva. Esta segunda configuración, que podría denominarse de castigo electoral, resulta especialmente relevante porque muestra que el voto sureño no es simplemente un termómetro de la protesta, sino la expresión de una identidad política territorial que opera con relativa autonomía respecto de los ciclos de conflicto.

Lo que hace del sur andino un caso singular va más allá de su consistencia electoral, aborda la combinación de cohesión externa con heterogeneidad interna. Visto desde afuera, la región forma un bloque compacto y territorialmente continuo que vota de manera sistemática contra las opciones del establishment: los porcentajes obtenidos por Sánchez en 2026 en Apurímac, Ayacucho o Puno no son resultados excepcionales, son la actualización de un comportamiento que se repite con pocas variaciones desde 2001. Visto desde adentro, sin embargo, el sur andino alberga trayectorias provinciales distintas: algunas con alta conflictividad social, otras con movilización moderada, pero voto igualmente contestatario, y otras donde el conflicto se ha centralizado en capitales regionales mientras el voto antiestablishment se distribuye de manera más uniforme en el territorio.

Esta heterogeneidad interna sugiere que el bloque no se sostiene por una única causa ni por un único mecanismo político, por el contrario, este se sostiene por la convergencia de experiencias distintas en torno a un rechazo común al orden político que históricamente ha gobernado el país desde Lima. Esta distinción tiene implicancias directas para interpretar la segunda vuelta. Con márgenes tan amplios como los que Sánchez obtuvo en el sur en primera vuelta, su base territorial parece consolidada y con bajo riesgo de erosión. La disputa real se jugará en los territorios de resultado más heterogéneo: sierra centro, norte andino, selva alta, y los bolsones urbanos de ciudades intermedias, donde el comportamiento electoral es menos predecible y más sensible a las dinámicas de campaña.

En esos espacios, el desafío de Sánchez será ampliar su base hacia electorados que en primera vuelta distribuyeron su voto entre decenas de candidaturas. Para Fujimori, el reto será convertir sus victorias en la costa en márgenes suficientes para compensar la brecha del interior. Los antecedentes históricos hacen difícil esa tarea: en regiones como Puno o Ayacucho, donde obtuvo menos del 9% en la primera ronda, cualquier recuperación será marginal.

Lo que los resultados de 2026 confirman, en suma, es que la geografía electoral del Perú tiene una estructura estable que ninguna campaña de segunda vuelta puede transformar en pocas semanas. El sur andino lleva más de dos décadas votando de manera compacta, continua y diferenciada respecto del resto del país, y los datos de la primera vuelta reproducen ese patrón con una coherencia que invita a ir más allá del análisis coyuntural. Pero la pregunta más importante que deja abierta esta elección no es quién ganará el 7 de junio, es qué ocurrirá con ese bloque en el mediano plazo.

Si el candidato que concentró el voto sureño llega a la presidencia, ¿hasta qué punto su gestión interpelará efectivamente las demandas de esos territorios, o repetirá el ciclo de expectativas frustradas que caracterizó el gobierno de Castillo? Y si no llega, ¿cuánto tiempo más puede mantenerse un patrón electoral tan consistente sin traducirse en transformaciones institucionales concretas? Entender por qué esos territorios votan como votan —desde qué experiencias históricas, qué formas de conflicto, qué relaciones con el Estado y qué tradiciones de organización política— no es solo un ejercicio académico. Es una condición necesaria para comprender hacia dónde va la política peruana, tanto en esta segunda vuelta como en las elecciones en las que vendrán por delante.

 

[1] Véase Resumen General en Resultado electoral ONPE https://resultadoelectoral.onpe.gob.pe/main/resumen

[2] Este análisis forma parte de una investigación realizada por las autoras en el marco del proyecto del IEP Elecciones 2026: escenarios y desafíos en tiempos de incertidumbre.