El mito Castillo

Dos escenas motivan esta reflexión. La primera ocurrió días después de la primera vuelta electoral del pasado 12 de abril. En una reunión académica dedicada a los estudios andinos, una participante dejó traslucir su asombro por los resultados, destacando que era necesario explicar “el voto por Castillo”. Señalé enseguida que dicha tarea, efectivamente, resultaba urgente, más aún porque el candidato de Juntos por el Perú no era Pedro Castillo sino Roberto Sánchez. Al decir esto terminé de reparar en una cosa: las elecciones presidenciales han estado acompañadas por algo que coloquialmente se suele describir usando la frase: “aquí hay gato encerrado”.

No me refiero a la mímesis electoral que ha protagonizado Sánchez, incluyendo el rescate del sombrero chotano que identificó a Castillo durante las elecciones del 2021. El enigma no radica en dicha imitación, sino en lo que hay detrás: el respaldo en las urnas que ha conseguido llevar a Sánchez a la segunda vuelta. Desde inicios del presente año, cuando la campaña electoral comenzó a tomar cuerpo, las encuestas mostraron el incremento del voto por Sánchez. Los sondeos realizados por el IEP evidenciaron un crecimiento significativo, que fue ensombrecido en medio de la atomización de candidaturas y por situarse, en ese entonces, lejos de los primeros lugares. En enero Sánchez tenía apenas 0,6 % de respaldo, pasando a 2,4 % en febrero y a 3,7 % a mediados de marzo. Dos semanas después, a fines de ese mes, ya tenía 6,7 %. Finalmente, según los resultados oficiales de la ONPE, obtuvo el 12,04 % que le permitirá disputar la presidencia frente a Keiko Fujimori el próximo 7 de junio.[1] Esto es lo que resulta necesario explicar. ¿Cómo Sánchez consiguió saltar desde la invisibilidad electoral hasta el segundo lugar en los resultados de primera vuelta? A pesar de la fragmentación predominante en un escenario con 35 candidaturas, y de la tremenda volatilidad reflejada en las varias montañas rusas de respaldo que protagonizaron diversos candidatos, la tendencia ascendente del voto por Sánchez no cambió durante los meses previos a las elecciones, acentuándose sin duda en los días previos al 12 de abril.

Lo que algunos han visto como una simple repetición de las elecciones del 2021, esconde más bien el fenómeno que podemos llamar “el mito Castillo”. Para entender mejor esto puede resultar ilustrativo relatar una segunda escena, ocurrida dos semanas antes de las elecciones. Debido al tiempo transcurrido desde entonces, es mejor copiar literalmente unas notas escritas pocas horas después:

Noche del viernes 27 de marzo. Aunque no llueve en Cusco, el frío penetrante parece anunciar el tiempo de heladas que se aproxima, marcando el ingreso a la temporada seca del año. Rumbo al aeropuerto, el taxista se queja con amargura de las elecciones, que para él nunca sirven para nada, y de los políticos, que solamente buscan llegar al poder para robar. Es un sicuaneño que labora en el transporte desde que llegó al Cusco, hace 20 años, para trabajar y estudiar una carrera que no pudo completar. Fue cobrador, conductor de buses y combis, camionero y ahora taxista, con un pequeño automóvil nuevo que debe pagar mes a mes. Su locuacidad me hace escucharlo atentamente, sintiendo que sus palabras muestran el fondo de la crisis política y la ausencia de representación en el país, pues son una mezcla perfecta del sentido antipolítico de fines del siglo anterior y el hartazgo anticorrupción del presente siglo.

Continúa diciendo que la política está podrida y que todos los políticos son iguales, pero que lo peor para el Perú ha sido el gobierno de Dina Boluarte. Atino a preguntarle por qué. Con más énfasis, me responde que porque fue una traicionera, y encima mató a mucha gente de Puno, Ayacucho y Cusco, a pesar de que ella es de Chalhuanca, Apurímac. ¿Tenemos que resignarnos a todo eso?, ¿no es posible una salida?, le pregunto entonces. Enseguida cambia de tono, pasando del enojo a la confesión, señalando que la única vez que un candidato surgido verdaderamente del pueblo consiguió ganar las elecciones, imponiéndose a los ricos y llegando a ser presidente, terminó sacado a patadas por los poderosos de siempre: los grandes millonarios, blancos y pitucos de Lima. Que fueron ellos, con ayuda de los partidos políticos del Congreso y los grandes medios de comunicación, quienes lo botaron de la presidencia y lo metieron a la cárcel. Todo porque quiso cerrar el Congreso; pero, sobre todo, porque era realmente del pueblo.

Le menciono entonces algunas dudas respecto a Pedro Castillo. Me responde aclarando que Castillo no hizo un golpe de Estado, sino que quiso cerrar el Congreso de ratas y corruptos que no le dejaban gobernar. Que lo traicionaron y que es a él al que le hicieron el verdadero golpe. Que sus errores de gobierno fueron resultado de que recién estaba aprendiendo, pues todos cometemos errores para poder aprender. Que si robó no fue tanto como los demás, pues los grandes políticos, empresarios y gobernantes son los mayores corruptos. Y que, además, pasa que todos los peruanos tenemos que vivir en medio de la corrupción para poder sobrevivir. Como ejemplo de esto último, menciona que todo el tiempo debe ofrecer distintos precios por las mismas carreras de taxi, dependiendo si los pasajeros son cusqueños, limeños o turistas extranjeros. 

Esta conversación me dejó intrigado durante varios días. Había escuchado argumentos similares en zonas rurales de Andahuaylas, Ayacucho y Cusco, antes y luego del estallido social de fines del 2022 e inicios del 2023. Sin embargo, lo nuevo era la ausencia del sentimiento de decepción que había entonces sobre Castillo y su gobierno. Volví a pensar en esto luego de la reunión en que ocurrió la primera escena relatada al inicio. El “gato encerrado” que la conversación con el taxista cusqueño sacaba a la luz, es lo que podemos ver como el mito Castillo: el respaldo hacia un personaje que, tras los acontecimientos del 7 de diciembre del 2022 y la represión de las protestas ocurridas posteriormente, pasó a ser percibido como una víctima de los poderosos del país. El descrédito que fue creciendo durante el gobierno de Castillo –reflejado incluso en diversas protestas ocurridas desde inicios del 2022, incluyendo una paralización nacional en julio de ese año, no solo en Lima sino también en distintas regiones del país–, se convirtió después en el respaldo electoral que acaba de colocar a Sánchez en la segunda vuelta.

Lo que muestra la votación por Sánchez no es, entonces, una simple repetición del voto por Castillo del 2021. No hay algo como un calco y copia automático. Eso es algo que piensan, desde su distancia, desconocimiento y prejuicios, quienes en el fondo solo ven a los votantes de Castillo y Sánchez como seres ignorantes e inferiores.

Incluso el paternalismo de algunos voceros aliados de Sánchez, que sostienen que la gente ha vuelto a votar por Castillo porque siempre fue el representante del pueblo, reproduce tales distancias. Ello evidencia, más bien, un retruécano discursivo para justificar la defensa de lo indefendible: la mediocridad, la improvisación y la falta de rumbo predominantes durante sus casi diecisiete meses de gobierno; la declaratoria de un golpe de Estado vergonzoso cuando se vio cercado por el Congreso; la incapacidad de articular un bloque político de gobierno a la altura del sentido democratizador del voto que lo condujo a Palacio, y, a fin de cuentas, el cambiazo del horizonte de izquierda hacia una transformación estructural del país, por una variante mediocre del neoliberalismo extractivista que había ofrecido combatir.

Por supuesto, las mafias políticas del actual Congreso, con el liderazgo del fujimorismo y la derecha, encontraron en los errores de Castillo –especialmente en su intento de golpe de Estado– el pretexto perfecto para destituirlo y reemplazarlo por una mandataria a la medida de esa jugada, como fue Dina Boluarte. No pensaron entonces que mucha gente saldría a las calles, en lo que ha sido el movimiento social más importante ocurrido en el Perú en décadas, para defender el respeto al voto y seguir exigiendo cambios fundamentales en el diseño de poder vigente en el país.

Una parte del discurso castillista plantea que el reclamo central del estallido fue la exigencia de la reposición de Castillo. En realidad, fue la demanda de salida de Dina Boluarte y la convocatoria a nuevas elecciones. Resulta clave notar que Castillo no fue el causante ni el creador del voto que lo instaló en el poder. La figura del “profe”, con sombrero cajamarquino, que fue la sorpresa en las urnas el 2021, especialmente en ámbitos provincianos y rurales, fue establecida por la propia gente que lo respaldó en las urnas y luego en las calles.

Frente a los resultados de la primera vuelta del pasado 12 de abril, resulta fundamental apreciar el significado y dimensión de ese voto que se impuso al rechazo de la derecha, el fujimorismo y los poderosos de siempre. Un rechazo que entonces, como ahora, se muestra tan cargado del desprecio y racismo, que solo evidencia su desfase ante una sociedad en la cual resulta imparable una modernización de sentido popular, que ha transformado irreversiblemente el rostro del país, cuando menos desde mediados del siglo XX.

Junto al actual resurgimiento del castillismo en las urnas, tampoco se ve –o  más bien se simula no ver– que el desempeño político de Castillo no estuvo a la altura del encargo histórico que lo convirtió en presidente. Sus propios votantes del 2021, en cambio, sí entendieron que su remplazo por Dina Boluarte era en realidad la pérdida de lo que Castillo representaba: el acceso al poder de un líder de origen popular, maestro, campesino, dirigente sindical y rondero. Desgraciadamente todo ello tuvo un corolario trágico: la ambición de poder de Boluarte y su entonces ministro Otárola, causó la muerte de 50 personas asesinadas por la represión estatal, cuyas muertes hasta ahora continúan impunes.

Los resultados de la primera vuelta del 12 de abril, no son entonces un simple remedo de las elecciones del 2021. No se trata del mismo sombrero ni del mismo candidato, sino más bien de un voto racional de amplios sectores populares interesados en recuperar y reivindicar una lógica democratizadora que se puede identificar en las urnas al menos desde fines del siglo pasado. Detrás del respaldo electoral que tuvieron figuras tan distintas como Fujimori en 1990, Toledo en 2001, Humala en 2006 y 2011, Mendoza en 2016 y Castillo en 2021, hay una demanda persistente de democratización social y política que, en distintas coyunturas, se expresa en candidatos específicos. Se trata de líderes que generan, en líneas generales, no tanto una identificación ideológica –aunque en general convocan una cierta identidad de izquierda– sino más bien una fuerte identificación identitaria. Una identificación que expresa sentidos arraigados de pertenencia social (de clase u origen social popular), procedencia territorial (sectores provincianos, campesinos y urbano/rurales), e identidad étnico-cultural y racial (mayoritariamente cholos e indígenas).

El telón de fondo de esta situación, es el agotamiento del modelo de desarrollo y acumulación impuesto autoritariamente por el primer fujimorismo en la década final del siglo XX, utilizando la destrucción y el dolor ocasionados por la guerra interna y la crisis económica. Luego de tres décadas y media, la hegemonía neoliberal instalada por el fujimorismo ya no se refleja en un amplio consenso a favor de su continuidad. Toda hegemonía reposa en el fondo en el aspecto cultural: los significados y sentidos comunes instalados como horizontes de comprensión de la vida y el futuro. En el Perú, hace rato que el consenso en torno al modelo económico ha sido reemplazado por una fuerte disputa de hegemonía; es decir, de sentidos y expectativas distintas sobre el país, que se hallan en el fondo del sentido del voto por Castillo el 2021, y ahora por Sánchez.

En medio de los escombros de representación política dejados por décadas de crisis de los partidos, la participación electoral se ha convertido –irónicamente– en un espacio crucial de búsqueda y construcción de representación. Por supuesto, también de conflictos y diferencias que expresan desigualdades estructurales, de larga data, tanto de orden social y territorial como étnico-cultural. Es durante el ciclo político de la democracia carente de partidos de este siglo, que las elecciones han pasado a expresar una suerte de desborde político que puede verse como resultado lógico del desborde social –migraciones, cholificación y peruanización desde abajo– que transformó por completo a la sociedad peruana desde mediados del siglo XX. Ojalá el “mito Castillo” que acaba de obtener un importante espacio electoral, desatando otra vez el rechazo visceral del fujimorismo y la derecha, sea capaz de expresar el sentido democrático de cambio que se halla detrás del voto popular en las urnas.

 

[1] Los sondeos del IEP pueden verse en: https://estudiosdeopinion.iep.org.pe/