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06 Apr 2026

Contra el excepcionalismo

El pasado jueves por la noche, la Asociación de Universidades Nacionales del Perú y la Junta Nacional de Rectores de Universidades Públicas difundieron un comunicado en redes sociales en el que llamaban a no confiar en las encuestas electorales. Su argumento era que, en un país tan extraordinariamente heterogéneo como el Perú, 1.200 entrevistados no bastaban para obtener una estimación fiable de las preferencias ciudadanas. Esa cantidad podía servir en otros lugares, pero no en el Perú. Nuestra complejidad nos convertiría en una excepción: un territorio donde las herramientas y estándares que se aplican en cualquier otra parte del mundo, de Canadá a Mongolia, de Brasil a Dinamarca, no sirven y deben ser reformuladas.

Es posible, como señalaron algunos usuarios en redes sociales, que la publicación del comunicado se relacione con el hecho de que uno de los candidatos más perjudicados en la última ronda de encuestas sea un antiguo rector de universidad nacional. Pero, más allá de estas razones coyunturales, el episodio resulta significativo porque refleja una de las ideas que más daño ha hecho a las ciencias sociales peruanas durante décadas: la convicción de que el Perú es un país tan extraordinariamente singular que los conceptos, estándares y principios generales de la ciencia son inútiles para entender nuestra realidad.

Esta idea está profundamente arraigada en nuestro imaginario intelectual e influye tanto dentro como fuera de la academia. El excepcionalismo cuenta con representantes en casi todas las disciplinas dedicadas a estudiar nuestra realidad y, en algunos casos, incluso se ha convertido en la doctrina oficial que se enseña en escuelas y universidades.

Aunque siempre existió en cierta medida, el excepcionalismo peruano cuajó en la primera mitad del siglo XX, cuando las ciencias sociales —entendidas en sentido amplio como el conjunto de disciplinas orientadas a comprender la realidad nacional— experimentaron una profunda transformación. Dos procesos paralelos fueron decisivos: por un lado, el salto adelante que se produjo en ese momento en casi todas las disciplinas; por otro, el énfasis en la búsqueda de una “ciencia peruana” auténtica, orientada por una nueva generación de científicos sociales que, por primera vez, no procedían de las clases dominantes tradicionales, sino de los sectores medios que se sentían ajenos a la tradición intelectual europea y postulaban la necesidad de “peruanizar” la ciencia.

La historia es larga y, en el caso de la arqueología, la he contado por extenso en otro sitio.[1] Personajes como Julio César Tello y el geógrafo Manuel Pulgar Vidal, considerando que los estándares teóricos y conceptuales internacionales no se aplicaban al Perú, promovieron sus propias teorías, metodologías y conceptos para las versiones peruanas de sus respectivas disciplinas. En ambos casos, la idea de fondo era que el Perú era tan diferente que, para ser comprendido, necesitaba sus propios estándares teóricos, metodológicos y conceptuales.

En el campo de la política, esta visión fue reforzada por pensadores como Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, quienes elaboraron sus respectivas doctrinas sobre la base de la supuesta diferencia peruana. Con el tiempo, este excepcionalismo se consolidó como uno de los ejes transversales de las ciencias sociales en el país y fue adoptado tanto por pensadores de izquierda como de derecha. Discrepaban en los diagnósticos y en las soluciones que proponían, pero coincidían en un punto esencial: el Perú como excepción.

Hoy, muchas de estas teorías se siguen enseñando en escuelas y universidades y, en su versión más extrema, se traducen en afirmaciones como las del comunicado de los rectores. Por supuesto, el excepcionalismo no es exclusivo del Perú. En mayor o menor medida, existe en casi todos los países, aunque por razones históricas adquiere especial intensidad en algunos de ellos. Dos ejemplos ilustrativos son Rusia y España. En El baile de Natacha, el historiador británico Orlando Figes analiza la historia intelectual rusa de los dos últimos siglos como una tensión constante entre corrientes excepcionalistas y universalistas: entre quienes sostenían que Rusia solo podía entenderse en sus propios términos y quienes creían que debía interpretarse —y reformarse— a la luz de marcos más generales. Esta pugna continúa en la actualidad, cuando el excepcionalísimo se ha convertido nuevamente en la tendencia dominante tras la llegada al poder de Putin.

En el caso de España, el excepcionalismo tuvo la peculiaridad de ser promovido inicialmente por viajeros y académicos extranjeros —sobre todo británicos— que, desde el siglo XVIII, describieron ese país como un caso radicalmente distinto del resto de Europa. Con el tiempo, estas ideas fueron asumidas por pensadores españoles de diversas corrientes, tanto de izquierda como de derecha, y se convirtieron en la doctrina oficial del Estado durante el periodo franquista. En las últimas décadas, afortunadamente, las visiones excepcionalistas han perdido terreno en el ámbito académico, donde hoy predominan trabajos que entienden la historia de España en clave europea, como un país con singularidades —como todos— pero inscrito en patrones comparables.

En el Perú, aunque no llega ni de lejos al caso ruso, el excepcionalismo conserva una notable popularidad tanto en el ámbito académico como en los “sentidos comunes” públicos. Esta es una de las razones por las que muchos de nuestros pensadores —a pesar de su extraordinaria relevancia interna— rara vez trascienden nuestras fronteras. También ayuda a entender por qué, salvo contadas excepciones, los científicos sociales peruanos participan poco en debates globales. Pocas experiencias resultan más descorazonadoras, que asistir a encuentros internacionales y constatar el escaso peso del Perú en la conversación académica, ni como referente para pensar las tendencias globales ni en cuanto a representación de primer nivel en dichos espacios.

Afortunadamente, desde hace algunas décadas esta tendencia comienza a ser contrarrestada por un creciente número de científicos sociales que defienden la necesidad de “desexcepcionalizar” el Perú y analizar nuestra realidad desde perspectivas más universalistas. Esto no implica copiar acríticamente teorías extranjeras, sino reconocer que el Perú no es una anomalía incomprensible, sino un caso particular dentro de patrones más amplios.[2]

Y, desde luego, cierta dosis de excepcionalismo no es en sí misma mala: nos ayuda a reconocer que cada país, región, provincia o ciudad tiene sus singularidades, y que estas deben incluirse en la manera en que los pensamos y analizamos. El problema surge cuando el excepcionalismo se convierte en el eje del pensamiento y conduce a afirmaciones como las del comunicado firmado por los rectores de las universidades públicas.

[1] Raúl Asensio, Señores del pasado: arqueólogos museos y huaqueros en el Perú, Lima, IEP, 2017.

[2] Los libros El Perú en teoría (Lima, IEP, 2017) y Perú global (Lima, Crítica, 2025), coordinados por Paulo Drinot, y Alberto Vergara y Adrián Lerner, respectivamente, son dos buenos ejemplos al respecto.

06 Apr 2026

Historiador
rasensio@iep.org.pe
Es historiador e investigador principal del Instituto de Estudios Peruanos, donde también ejerce como editor del fondo editorial. Cuenta con amplia experiencia en la dirección de proyectos de investigación y evaluación de políticas públicas, de ámbito nacional e internacional, incluyendo temas como desarrollo rural, puesta en valor de activos culturales, [...]