Así empiezan: perfiles y estrategias iniciales de las candidaturas presidenciales de 2026 en el Perú (II)

Con el avance del calendario electoral y la creciente atención pública brindada a los precandidatos presidenciales, empieza a definirse otro frente en esta competencia: la oferta electoral emergente. Es en este lado del tablero político donde se asoman los “recién llegados”, aquellos personajes que no tienen trayectoria electoral o experiencia previa de gobierno, pero sí cámaras, visibilidad y un descontento ciudadano que los impulsa. Lo que antes parecía irrupciones anecdóticas se ha convertido en nuevas plataformas de disputa política fuera de los partidos y de los espacios tradicionales.

Estas candidaturas “emergentes” operan bajo otra lógica: no dependen de estructuras partidarias consolidadas ni de presencia territorial sostenida, sino de su capacidad de movilizar indignación, fidelizar audiencias a través de nuevas herramientas tecnológicas y construir relatos de renovación desde una mezcla de espontaneidad y desafección política. En este contexto, dos figuras dentro del mar de nuevos aspirantes destacan en el escenario desde márgenes diferentes a partir de las tendencias preelectorales observadas: Carlos Álvarez y Alfonso López Chau. Este artículo revisa críticamente sus perfiles, estrategias iniciales y sus desafíos para trascender electoralmente en la próxima contienda.

La figura emergente que sorprendió en estos primeros meses de precampaña es Carlos Álvarez, quien ha pasado del sketch al podio político en cuestión de meses. Con más de cuarenta años de trayectoria artística, Álvarez es de los pocos artistas cómicos que ha persistido en el uso del humor político y construido su carrera a partir de caracterizaciones de presidentes de la república y de parodias que combinan sátira con crítica social. En paralelo, desarrolló distintas iniciativas de trabajo social y apoyo comunitario, menos difundidas mediáticamente, pero relevantes para su vínculo con necesidades y problemas cotidianos de sectores populares. Ese capital simbólico le permitió ocupar un lugar importante en la cultura política peruana, pues se mantenía cercano al público y al mismo tiempo crítico de los políticos que imitaba.

Sobre ese terreno dio el salto de la parodia a la competencia electoral, articulando una candidatura anti-establishment que combina indignación moral, propuestas punitivas como la pena de muerte y una exposición digital constante a través de YouTube, su principal plataforma. Frente a políticos con trayectoria, Álvarez responde con la autenticidad del humorista que dice lo que otros “no se atreven”, mientras sus detractores señalan que su trayectoria artística lo encasilla en un rol que dificulta ser tomado como una alternativa seria de gobierno.

Su posicionamiento inicial se consolidó rápidamente gracias a su discurso de línea dura frente a la criminalidad. Álvarez ha insistido en la necesidad de aplicar la pena de muerte para sicarios y violadores de menores como respuesta inmediata al clima de inseguridad que azota al país. Esta postura, sumada a su denuncia de la política tradicional como un espacio de privilegios y decadencia, lo insertó velozmente en la conversación pública como un outsider capaz de representar el hartazgo social. Según las encuestas, se ha mantenido entre el 4% y el 6% de intención de voto, un rendimiento destacable para un precandidato con una estrategia que depende casi exclusivamente de contenidos digitales autoelaborados.

Durante algunos meses fue incluso descrito como “la sorpresa de 2026”. Sin embargo, su impulso inicial ha dado paso a un estancamiento persistente desde mediados de año, un riesgo conocido en la política peruana: experiencias como las de George Forsyth en 2021 o Luis Castañeda en 2011 muestran que los outsiders pueden “quemarse” antes de tiempo si no administran bien su exposición. En el caso de Álvarez, la prolongada ambigüedad —cuando insistía en presentarse como “ciudadano” o “simple militante” mientras pintas y propaganda regional ya lo mostraban como presidenciable— terminó convirtiendo su ingreso formal en un movimiento previsible y poco disruptivo.

En cuanto a lo organizativo, Álvarez milita en País para Todos, partido al que se afilió antes del cierre del plazo legal en 2024, que es dirigido por Vladimir Meza, actualmente procesado por presunta colusión agravada durante su gestión como alcalde de Huaraz. Aunque Álvarez ha afirmado que el acuerdo incluye su rol como “filtro” para la selección de candidatos al Congreso y para eventuales postulaciones regionales y municipales, su permanencia en un partido cuestionado tensiona su posicionamiento anticorrupción y de renovación. En paralelo, ha sido buscado por distintas figuras políticas, como su hoy rival Rafael López Aliaga, quien evaluó una alianza o incluso su incorporación individual, conversaciones que no prosperaron. Estos elementos muestran tanto las dudas sobre las credenciales éticas del equipo que sostiene la candidatura presidencial de Álvarez como su atractivo inicial en el mercado electoral.

Desde su ingreso a la contienda, Álvarez ha intentado sostener una narrativa abiertamente antisistema. Su propuesta insignia (retirar al Perú del Pacto de San José para habilitar la pena de muerte) busca capitalizar la ansiedad ciudadana por la inseguridad y reforzar su identidad como figura dispuesta a tomar decisiones firmes, a diferencia de “los políticos profesionales”.[1] Su trayectoria televisiva también volvió a ser cuestionada desde el principio recordando que, hacia fines de los años noventa, desarrolló un humor político percibido como funcional al régimen de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Aunque él ha negado tajantemente haber actuado bajo directrices políticas, el episodio ha reaparecido como un flanco sensible que pone en entredicho su narrativa antisistema y anticorrupción.

Esa narrativa convive con una tensión importante: Álvarez continúa produciendo sketches y presentaciones humorísticas, muchas veces difundidas en el mismo canal de YouTube donde publica mensajes políticos, anuncios de campaña o denuncias públicas. Esa convivencia entre el personaje humorístico y el candidato mantiene su alcance, pero diluye la percepción de seriedad y solvencia técnica que pueda proyectarlo como presidenciable. En los últimos meses ha intentado compensar esa ambigüedad con explicaciones más detalladas sobre la viabilidad de sus propuestas —como los alcances legales de una eventual salida del Pacto de San José, por ejemplo—, aunque con resultados todavía limitados.

Una muestra clara de una oportunidad perdida para proyectarse como un candidato serio ante un público que evalúa capacidades técnicas fue su decisión de declinar la invitación al bloque electoral del CADE Ejecutivos, el foro empresarial más importante del país, al que calificó como “elitista” y “desconectado de la realidad”. Casi en simultáneo, aceptó aparecer en la revista Cosas, un medio asociado a élites económicas y sociales, que lo presentó en portada precisamente como figura “antisistema”. Ambos gestos terminaron desdibujando su mensaje al renunciar a una tribuna valiosa para mostrar solvencia mientras busca reconocimiento en los mismos círculos que critica.

Esa misma crítica que dirige a las élites y a la clase política también ha empezado a volverse en su contra, alimentando la percepción de que se queja más de lo que propone. Su discurso insiste en denunciar privilegios y corrupción, pero ofrece pocas rutas de solución más allá de la “mano dura”, en un espacio donde compite con múltiples voces de derecha que utilizan el mismo discurso. En entrevistas y presentaciones, su comunicación suele verse forzada con una gestualidad que recuerda a sus personajes humorísticos y que transmite más actuación que autoridad. Todo ello ayuda a explicar por qué no consigue expandirse más allá de su núcleo inicial ni conectar con un electorado indeciso que exige autenticidad además de indignación.

El siguiente emergente de nuestro análisis no proviene de la televisión ni del activismo digital, sino del rectorado universitario: Alfonso López Chau ha captado atención como un perfil técnico con discurso de renovación. Pese a que su intención de voto nacional apenas oscila entre el 2% y el 4%, su posicionamiento empieza a asomar en algunos segmentos del electorado, donde figura dentro de un múltiple empate con candidatos con mayor exposición pública. Su trayectoria política no es reciente: en los años ochenta fue colaborador del exalcalde de Lima y líder histórico de Izquierda Unida, Alfonso Barrantes. Sin embargo, su visibilidad reciente responde a su posición ejercida como cabeza de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI).

Particularmente importante fue su decisión como autoridad universitaria de albergar en el campus de la UNI a delegaciones estudiantiles provenientes de Cusco y Puno durante las protestas contra el gobierno de Dina Boluarte a inicios de 2023. Ese gesto le permitió construir un capital simbólico en sectores del sur andino, que se expresa no solo en encuestas, sino también en memoria y reconocimiento regional. A partir de ese punto de inflexión, López Chau optó por dar forma a su propio vehículo político-organizativo: el partido Ahora Nación.[2] Sin embargo, la presencia de su hijo y su hermano en la estructura partidaria ha sido cuestionada como una contradicción frente a su rechazo a las prácticas tradicionales de la política.

Su política de alianzas también deja más preguntas que respuestas. Primero exploró un acercamiento con la izquierda de Nuevo Perú, que se enfrió cuando decidió participar en debates y apariciones públicas con Rafael Belaunde, precandidato de centroderecha por Libertad Popular. Esa interacción alimentó especulaciones sobre una eventual alianza de centro que nunca se concretó. Luego, estuvo a punto de cerrar un bloque de centroizquierda con Primero la Gente, Salvemos al Perú y el Partido de los Trabajadores y Emprendedores, acuerdo que incluso motivó la renuncia anticipada de Marisol Pérez Tello a su precandidatura para respaldarlo. Sin embargo, el pacto que iba a formalizarse ante el JNE únicamente con Salvemos al Perú fue suspendido por la autoridad electoral y luego retirado.

Desde su irrupción como precandidato, López Chau ha intentado construir una narrativa reformista desde una izquierda moderada y tecnocrática. Para ello ha buscado darse a conocer a partir de lo programático y lo filosófico, remarcando su apertura a la inversión privada, la reforma del Estado y el rescate del mérito como ejes de una “nueva clase política”. Ese marco le ha permitido resaltar también hitos de su rectorado en la UNI —como la instalación de una planta de hidrógeno verde o la propuesta de crear centros de alto rendimiento— mientras combina presencia mediática, participación en festividades del sur y comentarios críticos sobre la coyuntura nacional.[3]

En esa misma línea de búsqueda de notoriedad, y a diferencia de Álvarez, López Chau fue uno de los dos precandidatos —junto a Rafael López Aliaga— que aceptó participar en el bloque electoral del CADE Ejecutivos, beneficiado además por la ausencia del resto de postulantes. Su presencia le otorgó visibilidad ante un público empresarial que valora la solvencia técnica, y pudo haber sido un espacio para capitalizar las debilidades del exalcalde de Lima. Sin embargo, su intervención volvió a exhibir una dificultad recurrente para aterrizar sus ideas, quedándose en nociones abstractas, referencias filosóficas y conceptos cercanos a una izquierda ochentera que no respondían a las demandas concretas del auditorio y dejaron ver algunas contradicciones. Representó también una oportunidad de posicionamiento desaprovechada.

En esa dirección, la construcción de ese perfil reformista convive con otras zonas grises que limitan su proyección. Entre ellas, destacan los cuestionamientos a su gestión al frente de la UNI y las repercusiones de su renuncia al rectorado. López Chau enfrenta investigaciones fiscales por presuntamente haber favorecido irregularmente a una trabajadora, además de las denuncias de su sucesora sobre malos manejos económicos y acusaciones de instrumentalizar la universidad con fines políticos. Estos episodios tensionan la imagen técnica que intenta consolidar y reactivan recuerdos del liderazgo autoritario de otro exrector universitario.[4] Un episodio ilustrativo fue su entrevista con el científico y exministro Modesto Montoya: ante los cuestionamientos que este formulaba sobre su gestión, López Chau adoptó un tono confrontacional y arrogante que erosionó la sobriedad que venía construyendo.

López Chau intenta instalarse como una opción de centro tecnocrático moderado, pero la forma en que mueve sus piezas —alianzas que se arman y desarman en cuestión de días, virajes ideológicos y un estilo que oscila entre lo académico y lo caudillista— proyecta más incertidumbre que cohesión. En un contexto de rabia y desconfianza, su desafío inmediato no es solo convencer, sino sostener un posicionamiento que lo diferencie. El encarcelamiento de Guillermo Bermejo, la declaración de ilegalidad del partido impulsado por Antauro Humala y el escaso despegue inicial de Vicente Alanoca han dejado al ala izquierda de la oferta política sin una figura dominante. Ese vacío podría abrirle oportunidades, pero transformar esa ausencia de competidores requerirá coherencia programática y una narrativa que energice más allá del capital simbólico que hoy sostiene su candidatura.

Los pasos dados por Carlos Álvarez y Alfonso López Chau condensan el desafío de construir legitimidad sin estructura ni arraigo partidario. Ambos intentan convertir la indignación colectiva en capital político apelando a la autenticidad, al rechazo del establishment y al desencanto con las élites tradicionales. Sus desempeños iniciales reflejan esos límites: un outsider que empieza a estancarse y un académico que aún no consolida coherencia. Todo ello ocurre en un escenario prematuro y altamente fragmentado, donde aparecen otros perfiles en la oferta emergente —como Carlos Espá o Phillip Butters— y existen altos niveles de indecisión aún. Las elecciones del 2026 podrían recordar que el dilema no reside solo en las dificultades de cada candidatura para afirmarse, sino también en cómo un electorado saturado y desconfiado procesa una oferta amplia, dispersa y aún en formación.


[1] En ese esfuerzo por robustecer su perfil de mano dura, buscó también proyectarse como una suerte de Bukele peruano, acercándose a Danilo Morales, un consultor vinculado a los entornos comunicacionales del presidente salvadoreño.

[2] Inicialmente integrado por colectivos políticos como Hacer País y Confluencia Perú, y nutrido en buena parte por estudiantes y egresados de distintas regiones.

[3] Por ejemplo, durante la controversia por la pretendida reposición de la exfiscal de la nación, Patricia Benavides, López Chau acudió a un plantón frente al Ministerio Público a fines de junio en respaldo institucional, y obtuvo una recepción favorable y presencia mediática. En contraste, cuando intentó sumarse a las marchas de la Generación Z en la plaza San Martín, en los días previos a la caída de Boluarte, fue expulsado del lugar.

[4] Alberto Fujimori postuló a la Presidencia de la República en 1990 luego de su paso como rector de la Universidad Nacional Agraria La Molina y como presidente de la Asamblea Nacional de Rectores. Pese a su figura afable, se lo recordaba dentro de esos círculos como una autoridad universitaria inflexible.